Sábado, 04 Febrero 2012 00:00

EL LENGUAJE SECRETO DE LAS HOJAS

Durante los meses de otoño hemos podido ver cómo las hojas de los árboles caducifolios han ido transformándose hasta terminar alfombrando las calles, parques y jardines de nuestras ciudades. Pero hasta llegar al suelo, han sufrido diferentes cambios, el más evidente: su color. Y entonces surge una pregunta ¿las especies arbóreas cambian sus pigmentos simplemente por motivos metabólicos o intentan decir algo más?

"Desde una perspectiva científica, el proceso por el que pasan las hojas en otoño se debe a la fotosíntesis y el cambio de temperatura y de horas de sol. Al ser la clorofila el pigmento básico de las plantas, durante la fotosíntesis las ondas de luz roja y azul son absorbidas y entonces vemos el color verde.

A partir del otoño y con las variaciones solares, la cantidad de clorofila de las hojas disminuye, los árboles la sintetizan y reabsorben en sus tejidos parte de los componentes, como el nitrógeno y el fósforo. Pero otro tipo de moléculas son inservibles, y comienzan a aparecer los pigmentos que aparecen antes de su caída. De entre ellos destacan, el caroteno cuyos efectos vemos en las hojas amarillas, o las antocianinas que absorben la luz azul y su resultado son las hojas rojizas y anaranjadas.

Partiendo de esta verdad científica, aparecen los especialistas en biología evolutiva y comienzan a plantearse si detrás de ese proceso existe algo más, si los árboles se comunican con el entorno que les rodea a través de los colores, como sucede con muchas especies animales. 

Los estudios de William D. Hamilton son los que mejor representan  que las especies vegetales nos hablan a través de las tonalidades. Este británico, considerado como uno de los teóricos evolutivos más importantes del siglo XX defendía que el mensaje de las hojas estaba dirigido principalmente a los insectos. Para su teoría, se basó en el plumaje de las aves, y en cómo los machos lo utilizan para mostrar a las hembras que sus genes son deseables. En el caso de los árboles, el mensaje es totalmente contrario, advierten a los insectos que no se acerquen a él, y mucho menos, depositen sus larvas. El código utilizado para esta alerta es que cuanto más llamativa sea la hoja, siendo el rojo el tono más letal, más peligroso es el árbol. Para ejemplificar esta llamada de atención, se centra en los pulgones y otros insectos que durante el otoño dejan sus huevos en los árboles y en la primavera eclosionan. Por lo que, la fuente principal de alimento cuando nacen son los nutrientes del árbol, produciendo efectos negativos y en algunos casos, la muerte del árbol. 

Partiendo de esta teoría, es lógico preguntarse por qué entonces las hojas de todos los árboles no son rojas. Hamilton llegó a la conclusión de que las especies que producían una foliación rojiza se debía a que en algún momento de la historia habían sufrido un fuerte ataque por parte de los insectos, transformado su color hasta llegar a ser llamativo. Junto a esto, los insectos también habían evolucionado hasta reconocer qué colores eran los más convenientes para sus larvas y la selección natural había beneficiado a las especies de hojas con colores fuertes.

La aparición de esta teoría, supuso una revolución para los filósofos evolutivos. Uno de los alumnos de Hamilton en Oxford, Sam Brown, actualmente profesor de la Universidad de Edimburgo, decidió comprobar las hipótesis de su profesor y realizó un estudio de 269 especies arbóreas, anotando el color de las hojas y el número de especies de pulgones que habitaban en ellas. El resultado fue que los insectos que habitaban en las hojas más llamativas, eran de una subclase más especializada. Por lo que su conclusión era, que efectivamente, el color rojizo de las hojas decía “No vengas aquí. Soy fuerte y saludable y te mataré. Ve a buscar otro árbol que esté débil”, personificaba Sam Brown en uno de sus escritos respaldando la teoría de la alerta foliar.

Junto al estudio de Sam Brown, el profesor Snorre Hagen de la universidad de Oslo se dedicó a estudiar durante tres años abedules de montaña, centrándose en el colorido de las hojas durante el otoño y el daño causado por insectos en la primavera siguiente. Sus resultados apoyan la teoría de Brown, los abedules con colores fuertes durante la estación de otoño sufrían menos daños.

Otros análisis, en este caso realizados por Marco Archetti, profesor de St John’s College en Oxford y Simon Leather, entomólogo de la Royal Society de Londres, indicó que los pulgones prefieren alojar sus larvas en árboles con frutos pequeños en otoño, prefiriendo así las hojas que aún están verdes, a las amarillas o rojas. “Esta es la primera predicción básica de la hipótesis, que los pulgones abundan más en las hojas de tonos sobrios”, afirma Archetti, que también fue alumno de Hamilton.

En contraposición a las teorías y las pruebas que defendían la comunicación de los árboles a través del colorido de las hojas, otros filósofos evolutivos mantienen que se trata de una hipótesis interesante pero que está lejos de ser verdad. 

Tal es la postura de David Wilkinson, especialista en Ecología Evolutiva de la Universidad John Moores de Liverpool y de H. Martin Shaefer de la Universidad de Friburgo, en Alemania. Mantienen que en muchos casos las especies tienen colores llamativos durante el otoño y ningún insecto al que advertir. Tal y como aparece en su artículo para Trends in Ecology & Evolution, la finalidad de las tonalidades está dirigida a ser una pantalla solar. Aún así, la corriente opuesta a Hammilton está de acuerdo en que todavía queda un largo camino para llegar a conocer completamente todas las repercusiones de las hojas otoñales en la naturaleza y lo que el profesor Hammilton propuso a finales de los 90, era solo el principio de muchos estudios. “Se dice que la ciencia hace que el mundo resulte abrumador y menos interesante, porque explica las cosas. Pero cuanto más sabe uno de las hojas otoñales, más impresionado queda”. Reconoce Wilkinson. 

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