Martes, 25 Octubre 2011 00:00

UN BOSQUE DE DRUIDAS DEL SIGLO XXI: EL BOSQUE DE LAS OLAS

Cerca del principal acceso a la ciudad de Huesca, en donde se ubicaba el antiguo Cuartel de Artillería  “Alfonso I”, se emplaza el Bosque de las Olas. Un parque de poco más de un año que, a pesar de sus dimensiones modestas de 10.600 m2 y gracias al acertado estudio del espacio del ingeniero municipal Francisco Bergua, ha logrado unir parte de la cultura celta con la funcionalidad en el diseño y un mantenimiento ecológico. Esta convivencia, su diseño original y la capacidad de transmitir una idea le han valido el Premio Nacional Alhambra (proyecto conjunto de jardinería público) que concede la Asociación Española de Parques y Jardines Públicos.

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El parque está diseñado a partir de una idea y como homenaje a un antiguo pueblo, los celtas. Una cultura ancestral que basaba sus conocimientos, cultos y mitos en la observación de la naturaleza. Los árboles eran los mayores representantes espirituales y cargaban en ellos simbologías únicas: cada hombre o mujer llevaba un árbol en su interior. De esta forma y combinando sus números mágicos (el 3 y el 7) fundamentaron su horóscopo o división del calendario anual en diferentes períodos asignados a 21 especies diferentes de árboles y por lo tanto 21 personalidades distintas.

Así, el visitante, al comenzar su paseo por este parque, no puede dejar de sentir un cierto aire místico a lo largo de los 3 km2 por los se extienden las 21 especies representantes del horóscopo celta de manera alineada hasta formar un óvalo. Un viaje a través del tiempo y que gracias a las piedras explicativas que recogen el nombre científico y común, la silueta de la hoja y la simbología de cada especie, hará que nadie se sienta en tierra extraña. El roble como árbol supremo, ligado a la valentía, el esfuerzo y la inteligencia. El olivo, representante de la sabiduría y el equilibrio. El enigmático abeto, reservado y discreto tal y como su esencia misteriosa le exige. El sauce, lánguido, voluble e incomprendido debido a su naturaleza melancólica. La vitalidad del fresno impulsivo y algo prepotente debido a su ambición… A medida que uno va recorriendo la arboleda y descubre la manera en que los celtas veían la naturaleza, el respeto por ambos aumenta. Particularidad interesante si además vamos de la mano de un niño, ya que así no sólo conocerán diferentes especies arbóreas, sino que jugando con él se acercará a esta cultura milenaria precursora del respeto al medio ambiente.

La elipse formada con los árboles más importantes no es casualidad. La religión o la filosofía celta, ya que su cultura y creencias espirituales eran parte de un todo, representan la eternidad a través de una figura circular, sin principio ni fin. Una disposición que también sirve para que el pequeño bosque urbano proteja algo en su interior. Pues si continuamos con el paseo, llegaremos a la zona más importante del lugar, que para los druidas sería la más sagrada: el corazón del bosque, un claro en el terreno que ellos utilizaban para realizar ceremonias. Generalmente estas zonas despejadas albergaban una fuente de agua, ya fuese un manantial o un pozo natural; en el caso de este parque, y gracias a la posibilidad de  transformar la imaginación en algo real, nosotros descubrimos un mar de olas recubierto de césped: el elemento que lo hace diferente de los demás.

La pradera ondulada reposa en una superficie de 1.300 m2 y  tiene como referente el estilo de algunas obras de la paisajista estadounidense Maya Lin, que podemos encontrar en Nueva York en “Storm King Wavefield” o en la Universidad de Michigan en la obra “The Wavefield”. El análisis acertado de la orografía y de la luz lo convierten en un entorno  cambiante que el sol va transformando, añadiendo otro toque de misterio y un nuevo guiño a las creencias celtas, en donde la vida significaba movimiento y dinamismo: “descartada la opción de quedarse quieto, so pena de ser destruido por el incesante oleaje de la existencia, lo único que queda por hacer era cabalgar sobre ésta”. Esta afirmación constituye parte de las enseñanzas orales que han sobrevivido, ya que no hay constancia de textos escritos, aunque, a pesar de los milenios, por ejemplo en Inglaterra el culto celta es una religión oficial.

Volviendo a nuestro tiempo, este jardín de olas supone un área en donde los más pequeños disfrutarán interactuando con los 49 pequeños cerros que están dispuestos de manera asimétrica y pautada. También se ha tenido en cuenta un potente drenaje que asegura la evacuación rápida de aguas, ya que se ha concebido para que la zona pueda ser disfrutada. El parque de las olas está rodeado de césped, y dos hileras de arbustos de árboles espaciados que recorren todo el perímetro y cercan la pieza central de 3.000 m2, además de separar los montículos de una zona de juegos infantiles de 2.000m2, a la que se accede por un camino interior pavimentado que sirve para ordenar el espacio y que se encuentra en el extremo opuesto al acceso principal del bosque.

Con respecto al mantenimiento, se emplean aguas subterráneas para el riego, gracias al aprovechamiento de un pozo ya existente que se ha tenido que ampliar, y riego automatizado, teniendo en cuenta las características orográficas.

Nuestro paseo termina en el mirador. En el lado opuesto al acceso de entrada, encontramos una plataforma a la que se llega a través de dos rampas y que también sirve para organizar la zona de recreo infantil y la arboleda celta. El lugar nos ofrece una visión privilegiada del entorno en donde observamos con mayor claridad la composición del espacio, la elipse protectora de la arboleda, la zona ajardinada y, en el centro, un campo de césped repleto de olas. Una visión que nos invita al sosiego, a la diversión y a despertar la admiración y curiosidad por una cultura ancestral que basaba su existencia en la dedicación y el respeto a la naturaleza.

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Asociación Española de Parques y Jardines Públicos

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